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Cuando las emociones se vuelven tóxicas

Publicado el 9 mayo, 2015
admin

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¿Realmente hay emociones buenas y emociones malas? Podríamos pensar que la tristeza es una emoción “mala” y la alegría una de las “buenas”. Pero en realidad, ninguna emoción es perjudicial por sí misma. Al contrario, todas y cada una de las emociones que existen están ahí para cumplir una función, y deberían ser escuchadas. Deberían ser escuchadas porque son parte de nuestra inteligencia, una inteligencia basada en la intuición y en la creatividad, una inteligencia que nace de lo más profundo de nosotros y que nos permite tomar las decisiones más difíciles (Goleman, 1996; Greenberg, 2000).

¿Qué son las emociones?

Las emociones son esencialmente impulsos rápidos que nos llevan la acción y predisponen a un estado de ánimo que perdura durante un tiempo más extenso que la emoción que lo provocó. No podemos controlar lo que vamos a sentir, pero sí podemos controlar con qué estado de ánimo nos vamos a encontrar (Goleman, 1996).

Pensar en el valor adaptativo de las emociones positivas es sencillo; nos hacen sentir bien y promueven acciones positivas para nuestro bienestar y nuestra vida social. Pero las emociones negativas también tienen un valor adaptativo indiscutible. Lo que convierte una emoción en tóxica o “mala” no es la emoción en sí, sino su duración y su intensidad. Hoy vamos a hablar de tres emociones básicas:

El enfado y la ira:

Cuando nos sentimos amenazados o insultados, aparece una emoción de inmediato: la ira. El enfado cumple una función, nos activa para buscar salida a una mala situación. Biológicamente hablando, la ira correspondería a la respuesta de lucha, en contraposición a la de huída (Goleman, 1996).

Pero si la ira nos desborda por su intensidad, provoca lo que se denomina “secuestro emocional”, nuestra capacidad de razonamiento parece desconectarse y el enfado se vuelve incontrolable. Cuando el enfado forma parte de nuestra vida, cuando no lo expresamos de una manera adecuada, cuando lo rumiamos en nuestro pensamiento y se reactiva una y otra vez, nos convierte en personas malhumoradas e irascibles. Y entonces pierde todo su valor adaptativo (Goleman, 1996).

Si queremos expresar nuestro enfado, es mejor hacerlo tras un período de enfriamiento en el que hayamos podido reflexionar sobre la cascada de pensamientos que lo alimentan. No debemos reprimir nuestro enfado, pero tampoco permitir que tome el control de nuestros actos (Goleman, 1996).

El miedo y ansiedad:

Ante una situación que nos resulta demasiado compleja o que desborda nuestros recursos personales, la respuesta de estrés es la reacción natural. Nos activa para que focalicemos todos nuestros recursos en aquello que tenemos que afrontar.

Pero cuando la ansiedad se apodera de nuestro cuerpo y nuestra mente provocando respuestas intensas de pánico, o aparece ante situaciones cotidianas de la vida, pierde su carácter adaptativo. Si permanecemos estresados durante largos periodos de tiempo, rumiamos nuestros problemas una y otra vez y nos volvemos adictos a la preocupación, la ansiedad de vuelve tóxica.

No debemos ver el estrés sólo como un enemigo, pues en pequeñas dosis, es un poderoso aliado que nos ayuda a superar retos; todas las personas necesitan cierta dosis de presión para ponerse en marcha (Stamateas, 2012). La clave por tanto es tener recursos para controlar la respuesta de estrés y hacerla manejable.

Tristeza y depresión:

Si hemos vivido una pérdida reciente (un despido, una ruptura, la muerte de un ser querido…), la tristeza nos sumergirá en un refugio de inactividad que nos permitirá elaborar la pérdida y realizar los ajustes necesarios para afrontar los cambios (Goleman, 1996).

Pero la depresión no nos proporciona ningún retiro, sino que paraliza nuestra vida. Nos induce una negatividad, una apatía y una falta de energía que nos impide pensar, sentir y actuar para salir del pozo.

Sentirnos tristes ante cosas tristes es normal, no reprimas tu tristeza, pero no dejes que te cubra con su manto y no te permita ver más allá.
En conclusión, ser feliz no significa vivir sin sentimientos angustiosos, porque no se puede. La clave está en tomar conciencia de esas emociones que nos llegan y saber valorar cuando nos están avisando de algo, o por el contrario nos están “intoxicando”.

Helena Arias Vidaurre – Psicóloga

Bibliografía:
Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Ed. Kairos
Greenberg. L. (2000). Emociones: Una Guía Interna. Ed.: Esdesclee
Stamateas, B. (2012). Emociones tóxicas.

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